JUAN GAROZ PEDRAZA 1ª GENERACION DE TAXIDERMISTA

20 Ene 2014

JUAN GAROZ PEDRAZA 1ª GENERACIÓN DE TAXIDERMISTA

 

Cuando la llanura manchega deja de serlo, allá donde el sol muere todos los días y tímidos y avergonzados (por no ser demasiado altos y sí muy viejos) se levantan los Montes de Toledo. En su falda acostado, sin pereza, orgulloso de su pasado y vigilante del futuro formando parte de los pueblos de Castilla(ayer La Vieja hoy, La Mancha) están Los Yébenes.

 

Sus 67.718 has. de termino municipal le hace ser el mayor de la provincia de Toledo. Su población de más de 6.000 habitantes le convierte en un pueblo habitable siendo lo más destacado de él su vinculación a todo lo que rodea al negocio de la caza y a la cultura de sus montes.

 

Allí nació Juan Garoz Pedraza, el día 23 de Noviembre de 1912. Sus padres se llamaban Manuel y Patrocinio, y sus hermanos, Felix, Francisco, Mariano, Felisa y Paca. Su familia no llegaba a clase media, de ideas muy católicas en lo religioso y excesivamente conservadores en lo político. Tenía un carácter serio y autoritario que a la vez transmitía respeto y mucha bondad. Tirando a guapo en su físico y a pesar de no tener estudios poseía una inteligencia despierta y una gran habilidad para la artesanía. Heredó de su padre Manuel y compartió con su hermano Felix el oficio de herrero en el que consiguió el reconocimiento a su buen hacer como trabajador y el ser como persona.

 

La taxidermia nació en Los Yébenes fruto de la casualidad y curiosidad de unos buenos hombres que querían conocer ese bello oficio tan desconocido en sus días. Buscando el descanso de la dura jornada laboral como herrero, él y su gran amigo el panadero Agapo Rojo, decidieron apuntarse a un cursillo por correspondencia de taxidermia impartido por el Instituto Jungla. La enseñanza se realizaba mediante cuadernillos que explicaban ayudándose de no buenos dibujos todo el proceso para la disección de animales, siendo las aves las primeras, dejando los mamíferos para el final por la dificultad del curtido de la piel y los conocimientos necesarios de escultura. La pronta aparición de las primeras dificultades, unido a la falta de paciencia y tenacidad hicieron que Agapo desistiera. Contrario fue el entusiasmo de Juan que sin darse cuenta aquella afición iba a cambiar su vida marcando la de su hijo y posteriormente la de sus nietos. Había nacido el primer taxidermista de los Montes de Toledo.

 

La primera obra que se atrevió hacer y salió adelante fue disecar una paloma blanca y que fue ofrecida como promesa a la virgen de Finibusterre en el día de la patrona. Aquellas gentes se sentían felices y en paz con esas cosas. Hoy las palomas blancas se lanzan al cielo como símbolo de paz. No se sabe si la paloma le llegó viva o muerta.

 

Su primer taller, convertido en aventura, lo alzó en un establo de no más de 30 m/2 . y un pequeño pajar en donde durante algún tiempo mantuvo, nunca más de cuatro, vacas de las que su leche era vendida (a veces “ bautizada” con el agua de la fuente para que diera más de si) para sacar adelante a la familia que ya era numerosa. Nunca se supo el motivo por el que dejó las vacas, si porque daban más trabajo que beneficio o simplemente porque no le veía futuro. Pocos años después, persistiendo aún el hedor de las vacas, hizo de aquel lugar su sitio de trabajo. Los pesebres se convirtieron en improvisados cajones de armario junto con una mesa de pino con patas de tubo oxidado, un banco de madera con un tornillo que él solo se aflojaba, un panel con escarpias donde se colgaban, nunca nuevas, las herramientas modestas que los artesanos tanto personalizan haciéndolas pasar de unas generaciones a otras, a modo de herencia. Estas eran martillos, alicates de punta, tenazas simples y de mordaza, serruchos, sierras de hierro y madera, taladro manual, cuchillo de corte y de rebajar y alguna más que se escapa a la memoria. En una caja vacía de zapatos se guardaban la lezna y varias agujas, bramante, hilo y dos tijeras, una de modista y otra curva, procedente de algún quirófano de hospital. En el centro para que calentara más y a todos, se encontraba una estufa, pobre de aspecto y hechura pero que representaba alrededor de su calor el encuentro de la buena tertulia, del reconocimiento sincero y de las amistades acertadas nunca le falto leña que quemar. Nadie pensó que aquel primer taller necesitaba una fachada porque no había clientes. Estaba tan escondido que solo la favorable recomendación del primer cliente hacía tras el boca a boca (como la mejor publicidad que existía) consolidar el encargo del trabajo convirtiendo el entretenimiento en oficio y con tiempo en industria.

 

Si emocionante es recibir el primer cliente, más aún es cobrar la primera factura que te hará cree en ti mismo cuando se factura por segunda vez y al mismo cliente. Pues significará que tu trabajo y precio han gustado. Desconocemos el primer cliente y el primer trabajo, pero no nos equivocaremos al afirmar que fue alguien del pueblo y cazador de venados. Estos eran aficionados a las monterías con un poder adquisitivo que les permitía pagar, aunque fuese poco, el arreglo de sus trofeos. Más amigo que cliente, muy egoísta para la caza y al que se atrevió a disecarle una cabeza de ciervo, con medio cuello y dieciséis puntas, fue a Julián Pedraza (cliente de una docena de trofeos al año). Eduardo Elegido, farmacéutico local, supuso el primer cliente que fue al taller y no por compromiso. Sin duda serian Francisco Mengotti y José Lara los que hicieron que lo que comenzó rodeado de ilusión se fuera convirtiendo en una realidad cercana.

 

Coincidiendo con la recuperación económica en España de los años sesenta, la caza comenzó a ser vendida en la modalidad de montería, Los Yébenes por su proximidad a Madrid y sus fincas(estas de espeso monte bajo y ruidosas pedrizas ) fueron convirtiendo por méritos propios a Los Yébenes en un pueblo que todo cazador debía conocer. Francisco Mengotti dirigía como propietario ayudado por sus hijos, Enrique y Diego, Cacerías Diana, con sede en la plaza España de Madrid. Contaba con una selecta clientela entre las que destacaba por su rango la infanta Alicia de Borbón, dueña de la famosa “Toledana”. Organizaba monterías y recechos en berrea con tan buenos resultados que llevar los trofeos a los taxidermistas de la capital se iba haciendo cada vez más complicado. La opción de dejarlos en el pueblo fue ganando adeptos. Se incrementaron poco a poco los domingos por la tarde, a su regreso a Madrid, dejaban las cabezas que eran recogidas en el próximo viaje y que al no existir teléfonos se anunciaban mediante carta o haciendo estar pendiente al secretario de caza local. El aceptable trabajo, posiblemente la comodidad, pues el precio era tan bajo que el mismo D. Francisco, modificaba las facturas elevando su cantidad. Se justificaba por el poco valor que daba a su trabajo y el alto precio de sus cacerías. A Francisco Mengotti, Juan siempre le estaba mentando y siempre con agradecimiento, más por el trabajo personal que cómo cliente. El hecho de que fuera sorteado como uno mas teniendo en cuenta que él era invitado y los otros pagaban, hacía que lo considerase el mejor detalle de amistad y de dignidad a su persona. Un día de montería le correspondió el puesto “collado de la infanta” de la finca “La Fuenfría”. Avergonzado por su suerte lo quiso cambiar por otro inferior y ninguno de aquellos ricos cazadores lo aceptó. Fue un gran detalle que nunca olvidó.

 

Fue sin duda alguna aquella mañana de lunes cuando un Land Rover lleno de cabezas de venado procedentes de la montería del domingo en Quintos de Mora llegó a Los Yébenes mediante el guarda mayor, Benito Pérez Juárez quién anunció la próxima visita del ingeniero jefe del entonces Patrimonio Forestal del Estado, José Lara Alem. Día en el que Taxidermia Garoz comenzó su andadura ya que la ayuda de este hombre durante los primeros años fue tan importante que aun hoy se le recuerda con auténtica devoción.

 

El día treinta de septiembre de 1947 le nació un hijo varón a quién llamó Juan. Ser el único hijo en la familia, pues el resto hasta un número de cuatro eran hembras, le supuso ser el sucesor del apellido y la esperanza de su futuro. Fue educado católico en lo religioso, franquista en lo político, a no envidiar al rico y sí ayudar al que era más pobre y sobre todo a saber que el trabajo (sin egoísmos) suponía llenar la vida de felicidad. De su cultura se encargó el viejo maestro de escuela Toribio Pedraza. Fue más maestro de clase que profesor de aula y de los que fumaba mientras examinaba lo escrito. Enseñaba por las buenas o por las malas premiando y castigando, consiguiendo que el temor se convirtiese en respeto, el respeto en cariño y el cariño en agradecimiento mientras vivió, por cierto, muchos años más. En aquella época de posguerra los hijos de los pobres tenían pocas posibilidades de estudiar. Aquel gran maestro (llegó a ser alcalde del pueblo) convenció a Juan para que su hijo estudiase el bachillerato aportando él los primeros costes del ingreso. Sin duda la mayor preocupación de un padre es el futuro laboral de su hijo y la herrería no lo era. Pensaba que de la taxidermia no se pudiera vivir y sin embargo aquel padre que enseñaba lo que no sabía y aquel hijo que recibía las lecciones del maestro como el mejor aprendiz comenzaron una aventura en la que desde el principio creyeron haciendo inmensamente feliz al padre y llenando al hijo de esperanza en su porvenir.

 

Juan Garoz Pedraza falleció el 23 de Noviembre de 1996 a los ochenta y cuatro años de edad. Le dio tiempo a disfrutar del reconocimiento que como fundador de la primera taxidermia de Los Montes de Toledo la gente de bien le dispensaba. Murió de una enfermedad que le hacía olvidar todo lo que había sido y hecho en su vida. Murió en paz, la tierra perdió un buen hombre y el cielo recibió un humilde taxidermista.

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