Cazadores para un Museo del siglo XXI

22 Abr 2014

Cazadores para un Museo del siglo XXI

Los datos arqueológicos y genéticos más recientes demuestran que había perros domesticados hace 14.000 años, cuando buena parte del hemisferio septentrional de nuestro planeta estaba bajo el hielo y todavía no existía ninguna civilización. Sin embargo, la domesticación del perro podría haber ocurrido muchísimo antes, hace 140.000 años a partir de lobos del este asiático, cuando el clima era tan cálido como el actual. Desde entonces, el hombre y el perro han mantenido una relación tan estrecha que incluso ha permitido la aparición de mecanismos de comunicación sofisticados, comunicación que solo ahora empieza a ser estudiada y conocida. Nuestros antepasados de hace miles de años se hacían enterrar justo a su perros, “hablaban” con ellos y compartían su comida y vivienda casi del mismo modo a como lo hacemos ahora. Se trata, sin duda, de la relación más estrecha y prolongada existente entre el hombre y otra especie animal y su origen no es otro que la caza.

Resulta maravilloso imaginar a uno de nuestros antepasados acompañado por su perro en una cacería, compartiendo la excitación y la fascinación del acto de dar muerte a una presa, el estremecimiento ante la fuerza y el misterio de la naturaleza. Perro y hombre ayudándose mutuamente, orgullosos y agradecidos de su éxito. Tampoco cuesta mucho imaginar la primitiva vivienda decorada por los trofeos que recuerdan las mejores gestas, las piezas más destacables y los encuentros más peligrosos solventados con éxito. Todos los hombres que han sido cazadores guardan y exponen esos recuerdos que simbolizan sus proezas. Y no solo los cazadores. El interés por la naturaleza y la fascinación por su diversidad y complejidad han promovido la recolección, naturalización y exhibición de muestras animales de todo tipo que, tradicionalmente, han constituido la esencia y el propósito de los Museos de Ciencias Naturales. Actualmente, los ejemplares y restos almacenados en estas antiguas instituciones pueden parecernos reliquias dotadas de escaso valor científico, diversiones arcaicas de una clase dirigente ociosa que gustaba de poseer y asombrar a sus semejantes con estas curiosidades. Nada más lejos de la realidad. Los ejemplares custodiados en los Museos de Ciencias Naturales constituyen actualmente la única evidencia real que poseemos sobre la distribución geográfica y la constitución genética y morfológica de especies que han desaparecido o sufrido el embate de las acciones humanas. ¿En qué otro lugar podemos encontrar pruebas de ADN que nos permitan conocer la variabilidad genética de las antiguas poblaciones? ¿Dónde sino podemos encontrar ejemplares que testifiquen la disminución que han sufrido los rangos de distribución de las especies?

Al igual que aquellos trofeos de las viviendas de nuestros antepasados, nuestros Museos de Ciencias Naturales son el orgullo y la evocación de la naturaleza Los edificios en los que se preservan los recuerdos de una naturaleza pasada casi olvidada, recuerdos que pueden descifrarse utilizando algunas de las más modernas técnicas de análisis de la información biológica. Ubicados generalmente en un entorno urbano, los Museos de Ciencias Naturales almacenan millones de ejemplares de gran valor artístico y divulgativo cuyas posibilidades científicas sólo están levemente aprovechadas. Animo a todos los lectores de este artículo, a todos los verdaderos amantes de la caza, para que visiten nuestro Museo Nacional de Ciencias Naturales (www.mncn.csic.es). Creado por el Rey Carlos III en 1771, como Real Gabinete de Historia Natural, el MNCN alberga más de 8 millones de ejemplares animales y constituye, sin duda, el mayor registro existente sobre nuestra biodiversidad. Desafortunadamente, la inmensa mayoría de los tesoros allí almacenados no son accesibles para el público no experto por falta de espacio y recursos, pero esa situación puede cambiar si somos capaces de aprovechar las oportunidades que nos brindan las nuevas tecnologías de la información. Si el 97% de los valiosos ejemplares que custodia el MNCN no son visibles, podemos realizar fotografías de ellos en tres dimensiones. Si la información sobre la fecha y la localidad de colecta de cada ejemplar sólo está disponible en sus etiquetas, podemos digitalizar éstas a fin de hacerlas asequibles a través de Internet a cualquier persona interesada. Este es un objetivo colosal pero que habrá que comenzar en alguna ocasión. Ya poseemos los medios y las capacidades pero se requiere la ayuda financiera y el mecenazgo de la sociedad. ¿Podrán los hombres cazadores del siglo XXI ayudar a mostrar a la sociedad los trofeos de la naturaleza que ellos contribuyeron a crear?

 

 

Jorge M. Lobo

Museo Nacional de Ciencias Naturales